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Una breve historia del apogeo y caída del CELPA.
Y un día, Chamical se quedó sin cohetes.
Publicado en Muy Interesante, Mayo de 2011.
Por Guillermo Goldes
Programa de Divulgación Científica. FaMAF UNC.
Durante 30 años, desde la base del Centro de Experimentación y Lanzamiento de Proyectiles Autopropulsados (CELPA), ubicado en Chamical, La Rioja fueron lanzados cohetes experimentales de fabricación argentina: lo hacían desde plataformas móviles procedentes de la Fábrica Militar de Aviones de Córdoba, se elevaban hasta 400 kilómetros del suelo, y luego caían en las cercanas Salinas Grandes, esa gran área blanca y desierta, que abarca parte de las provincias de Córdoba, La Rioja, Catamarca y Santiago del Estero, en la cual era sencillo rescatar sus restos. Salvando las distancias, era una suerte de Cabo Cañaveral argentino.
La idea principal que guiaba esos ensayos de vuelo espacial era adquirir la capacidad para poner cargas en órbita: por ejemplo, satélites científicos o de comunicaciones, algo que quizás se hubiera logrado si el programa no hubiera sido cancelado en la década de 1990.
Los vehículos lanzados desde el CELPA tenían combustible sólido, es decir, estaban impulsados por la combustión de una barra de compuestos químicos que incluían nitroglicerina, que estaba ubicada en el interior de una cámara que contaba con una tobera en el fondo, por donde salían los gases. Éstos, por reacción, impulsaban el cohete. Pero las barras de combustible sólido, una vez encendidas, se queman a un ritmo que no puede ser controlado. Por ésto, para obtener el impulso necesario durante el tiempo requerido para elevar un vehículo hacía falta diseñar y ensayar cuidadosamente la composición del combustible, así como la forma y dimensiones de la barra y la cámara de combustión. En definitiva, se trataba de "cañitas voladoras" muy sofisticadas, de grandes dimensiones y con capacidad para llevar cargas. El combustible para los cohetes argentinos se producía en la Fábrica Militar de Explosivos de Villa María.
Con los instrumentos que los cohetes llevaban a bordo, estos vuelos permitían medir las condiciones físicas en la alta atmósfera: la temperatura, presión, insolación, densidad del aire, velocidad y dirección del viento, entre otros factores. Pero, ante todo, permitían desarrollar conocimientos propios sobre el diseño de vehículos espaciales, un aspecto estratégico importante.
Un Centauro en La Pampa
Los primeros ensayos del programa -que dependía de la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales- se llevaron a cabo en febrero de 1961, cuando se lanzó un cohete Alfa Centauro de apenas 1,7 m de largo y 9 cm de diámetro desde la Pampa de Achala, en Córdoba. Esta "primera manifestación de su género en nuestro País", según palabras del entonces presidente Arturo Frondizi, fue una experiencia exitosa ya que el primer prototipo alcanzó más de 10 km de altura sin problemas. Pronto se vio, sin embargo, que se necesitaría un área más alejada y de fácil recupero de los materiales porque, al aumentar el alcance de los vehículos, los materiales caerían a mayor distancia de la base. Fue así como, en el antiguo Centro de Tiro y Bombardeo de la Fuerza Aérea, se instaló la base del CELPA en Chamical. En mayo de 1962, la nueva instalación fue inaugurada con el lanzamiento de un cohete Alfa Centauro y un Beta Centauro, el primer cohete nacional de dos etapas, que transmitía datos a la casamata de control construida en tierra. Todos los cohetes llevaban nombres de estrellas brillantes del cielo, quizás como una suerte de homenaje a la astronomía nacional.
El siguiente paso en esta historia de desarrollo tecnológico fue el cohete Gamma-Centauro. Según palabras del Comodoro Luis Cueto, Director del Museo Universitario de Tecnología Aeroespacial, fue un "verdadero caballito de batalla para las actividades espaciales argentinas". Confirma ésto el hecho de que se realizaron más de 25 lanzamientos de este tipo de cohete. El más destacado de ellos fue, quizás, el realizado desde la base Teniente Matienzo, en la Antártida, para medir la Radiación Cósmica.
Cueto continúa: "A partir de 1965 hubo un aumento de la escala en el programa espacial. Se comenzó con el desarrollo de nuevos vectores, llamados Orion y Canopus, de mayor tamaño, alcance y capacidad de carga". En diciembre de 1969 el CELPA produjo otro avance histórico, el lanzamiento de un cohete con un pasajero. Se trataba de Juan, un pequeño mono Caí oriundo de Misiones, que voló durante unos 20 minutos en la cápsula ubicada en la ojiva frontal de un cohete Canopus II. Ese vuelo suborbital sirvió para testear las reacciones de animales a la aceleración y demás condiciones del vuelo.
Luego de que su cápsula se desprendiera del cohete a 80 kilómetros de altura, Juan descendió plácidamente en paracaídas sobre las salinas y fue rescatado ileso por personal de la Fuerza Aérea. La historia de Juan, nuestro astronauta autóctono, fue inmortalizada en 2009 por el documentalista cordobés Diego Ludueña, quien apunta: "luego de su épico periplo, Juan vivió sus últimos años en el zoológico de la ciudad de Córdoba. Para esa época, sólo un puñado de países habían sido capaces de poner animales en el espacio, y menos aún, de recuperarlos ilesos". Un destino mucho menos feliz le había tocado en suerte al primer animal que viajó al espacio, la perra Laika. Lanzada al espacio en el Sputnik 2 por Rusia en 1957, sobrevivió unos pocos minutos antes de sucumbir al calor y al estrés y posteriormente su cuerpo se incineró cuando el satélite reingresó en la atmósfera.
Pero fueron los cohetes Castor, lanzados por primera vez desde Chamical en 1973, las joyas de esta serie de vehículos espaciales argentinos: alcanzaron una altura de unos 480 km con 70 kilogramos de carga útil de instrumentos. Entre ellos, un generador de nubes coloreadas que se utilizaban en esa época para estudiar las corrientes de aire en la alta atmósfera. Este vehículo tenía dos etapas, un peso de 1.210 kilos al momento del lanzamiento (disminuye a medida que se consume el combustible), y unos 8 metros de longitud total. La primera etapa, que daba el impulso inicial al vuelo, tenía un racimo de 4 impulsores de combustible sólido
Sobre el Castor, Luis Cueto explica: "fue el mayor de los cohetes argentinos de uso civil en volar. Posteriormente se comenzaría a trabajar en el Cóndor, de envergadura mucho mayor. Y luego en su versión militar, el Cóndor II, que sería apto para transportar cargas explosivas a grandes distancias y cuya trayectoria se podría corregir en vuelo. Es decir, el Cóndor II no era un cohete espacial sino un misil. Fue el principio del fin: esa aventura y las presiones internacionales subsiguientes motivaron el cierre definitivo del CELPA y de todo el programa en 1991".
A partir de entonces se creó una nueva institución civil responsable del acceso argentino al espacio, la CONAE, que centró su atención en el diseño de satélites científicos de observación de la Tierra. Al día de la fecha, CONAE trabaja en el desarrollo de una serie de cohetes inyectores de satélites a propulsante líquido llamados Tronador, aunque se ignora cuando estaremos en condiciones de poner nuestros propios satélites en órbita. Lo cierto es que la experiencia acumulada durante décadas en el CELPA, en parte se perdió.
Así, la Argentina aún no ha logrado la capacidad de poner sus propios satélites en órbita, y recurre para ello a los servicios de la NASA. Sólo los Estados Unidos, Rusia, Francia, Inglaterra, Italia, China, Japón, La India, Israel y recientemente Irán tienen la capacidad de efectuar sus propios lanzamientos. Brasil pugna por unirse a ese selecto grupo. Las órbitas "bajas" de satélites se encuentran aproximadamente entre 200 y 600 km de altitud. A 600 km de la Tierra orbita, por ejemplo, el telescopio Espacial Hubble de la NASA. Para lograr esas altitudes se requieren cohetes de varias etapas: cuando se enciende la segunda etapa, la primera ya agotada se descarta para aligerar el vehículo. Pero para poner una carga en órbita, se requieren ajustes finales muy precisos de velocidad y posición, por lo cual al menos la última etapa debería contar con motores de combustible líquido que puedan encenderse y apagarse a voluntad. Los cohetes del CELPA no tenían esa capacidad.
>Cuando la Argentina estaba en pleno desarrollo de su programa espacial en el CELPA, nuestro vecino Brasil enviaba una delegación para comenzar a aprender los rudimentos de esta compleja tecnología. Hoy en día el programa espacial brasileño tiene un desarrollo importante, mérito sobre todo de su continuidad en el tiempo. Algo que no se puede decir del caso argentino. Como en muchos otros campos, en éste hubo iniciativas pioneras y desarrollos innovadores, pero pareciera que nuestro País episódicamente dilapida el capital humano y simbólico que tanto esfuerzo y dinero costó. La ciencia y la tecnología nacionales también han sufrido de esa falta de continuidad. Quien pase por la ruta nacional 38 frente a lo que alguna vez fue el orgulloso CELPA Chamical y hoy es sólo un descampado casi abandonado, podrá comprobarlo.
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